Javier Silva
Gonzaléz
La cocina de mamá
Sabores, recetas y recuerdos de una familia mexicana
La cocina de mamá no es solo un recetario, es un viaje a la memoria de una familia mexicana en Tacámbaro, Michoacán. A través de sabores, aromas y escenas cotidianas, Javier Silva González nos abre la puerta a la cocina de su madre, donde cada platillo era una forma de cuidado, enseñanza y amor.
Aquí encontrarás guisos caseros, recetas tradicionales, bebidas y postres que formaron parte de la vida diaria, acompañados de historias que dan sentido a cada preparación. Este libro es una invitación a volver a la mesa, a reconectar con nuestras raíces y a descubrir que la cocina también es memoria, identidad y afecto. Ideal para quienes buscan recetas tradicionales mexicanas, cocina de casa y libros con historia y corazón.
© 2021
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Javier Silva Gonzaléz
Javier Silva González es originario de Tacámbaro, Michoacán. Profesor de ciencias sociales, literatura y artes, ha dedicado su vida a la enseñanza y a la promoción cultural.
En este libro recupera la memoria familiar a través de la cocina, rescatando recetas, tradiciones y enseñanzas que marcaron su vida. La cocina de mamá es su primer libro, donde historia, sabor y afecto se entrelazan en cada página
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La cocina de mamá
La cocina de mamá no es solo un recetario, es un viaje a la memoria de una familia mexicana en Tacámbaro, Michoacán. A través de sabores, aromas y escenas cotidianas, Javier Silva González nos abre la puerta a la cocina de su madre, donde cada platillo era una forma de cuidado, enseñanza y amor.
Aquí encontrarás guisos caseros, recetas tradicionales, bebidas y postres que formaron parte de la vida diaria, acompañados de historias que dan sentido a cada preparación. Este libro es una invitación a volver a la mesa, a reconectar con nuestras raíces y a descubrir que la cocina también es memoria, identidad y afecto. Ideal para quienes buscan recetas tradicionales mexicanas, cocina de casa y libros con historia y corazón.
La cocina de mamá
Capítulo 1
Los comienzos. Tacámbaro: el corazón verde donde nació mi historia
Toda cocina tiene una historia antes de la primera receta. Antes del sabor estuvo el lugar, antes del platillo, la familia y antes de la estufa, una decisión sencilla y profunda: quedarse. Este capítulo recorre los orígenes de la familia Silva González y su llegada a Tacámbaro, el pueblo que se volvió raíz, escuela y hogar. Aquí aparecen el barrio, los vecinos, el mercado, las tienditas y la cocina como el centro silencioso de la vida cotidiana.
No se trata de idealizar el pasado, sino de comprenderlo; es decir, de reconocer cómo el territorio, la convivencia y el trabajo diario fueron moldeando una manera de estar en el mundo… y también una forma particular de cocinar. Porque antes de aprender una receta, aprendimos a pertenecer.
La unión y la llegada a Tacámbaro
Mercedes y Ramiro: dos caminos, un solo destino
Muchas veces no conocemos del todo la historia de nuestros padres. Crecimos entre sus consejos, sus costumbres y sus manos que nos guiaban, pero pocas veces nos detenemos a preguntar cómo eran antes de ser “mamá” y “papá”. A mí me pasó. En casa se hablaba de su pasado en pequeños retazos o en pausas dispersas entre la charla y la sobremesa.
Fue hasta que preparamos un video para celebrar sus cincuenta años de matrimonio cuando sentí la necesidad —y el deber— de preguntar más, así como de sentarme a escucharlos y de armar con cuidado su historia. Hoy, que ya no están, esta narración cobra un valor más hondo, pues es un acto de memoria, de cariño y de gratitud.
Mi madre, Mercedes González García, nació el 12 de julio de 1936 en Toluca, Estado de México. En aquellos años, Toluca era una ciudad que comenzaba a crecer entre la modernidad y la nostalgia. Por sus calles circulaban tranvías, vendedores de periódico a voz en cuello, mujeres con bolsas de mandado y hombres que salían temprano rumbo al trabajo. En los portales se tomaba chocolate espeso o café, siempre acompañado de pan del bueno, con costra de azúcar o relleno de nata.
Mercedes fue la quinta de nueve hermanos: siete mujeres y dos varones. Su padre, Modesto González Hernández, era obrero de una fábrica de hilados y tejidos; por su parte, su madre, Carmen García Pichardo, fue ama de casa y el alma del hogar. Desde joven, mi madre fue una mujer decidida y educada con valores firmes, tales como el respeto, el trabajo y la responsabilidad.
Vestía siempre con faldas bien planchadas, algunas con crinolinas muy amponas y otras, para fiestas o eventos formales, con vestidos de medio paso, blusas almidonadas, suéteres de botones y tacones de aguja que hacían sonar su paso firme por los pasillos. La imagino —o la recuerdo a través de lo que me contaba— organizada y seria, pero con una mirada inquieta, como si supiera que la vida le tenía reservado algo más allá de la ciudad donde nació.
Estudió la primaria y un año de secretariado. Décadas después, ya casada, decidió terminar la secundaria en el CEBA de Tacámbaro. Para ella nunca fue tarde, pues nunca dejó de crecer como persona. A los quince años comenzó a trabajar como asistente en las oficinas de autobuses en Toluca. Aunque a mis abuelos les preocupaba que fuera tan joven, confiaron en ella, y no se equivocaron. Trabajó ahí cinco años, ganándose el respeto de sus compañeros y la confianza de su familia.
Por haber comenzado a trabajar desde muy joven, casi no se involucró en las labores de cocina en casa. A mi abuelita Carmen le preocupaba que, al casarse, Mercedes no supiera preparar los alimentos ni llevar una casa; no obstante, como toda mujer enamorada, mi madre dio ese paso con el corazón por delante. Y fue en Tacámbaro donde encontró una nueva escuela: las vecinas, las amigas y las señoras del barrio, quienes con generosidad le compartieron sus recetas, sus trucos y sus maneras de hacer del hogar un espacio cálido y sabroso.
Mi padre, Ramiro Silva Núñez, nació el 8 de mayo de 1933 en la comunidad de Cotzio, municipio de Tarímbaro, cerca de Morelia, Michoacán. Fue el mayor de tres hermanos: Eugenio, Agustín y él. Su padre fue José Silva Corona y su madre María Núñez Moreno. Cuando tenía apenas ocho años quedó huérfano de padre y, poco después él y sus hermanos fueron separados de su madre. Desde entonces quedaron al cuidado de su abuela Agustina Silva Corona, a quien mi padre recordaba con una ternura que, aun con los años, se le notaba en la voz.
A pesar de tantas pérdidas a tan corta edad, logró estudiar hasta la secundaria en San José, en Morelia. Su inquietud y su rebeldía silenciosa lo llevaron a soñar con un mundo más grande. A los dieciséis años intentó cruzar a Estados Unidos para trabajar; no lo logró. Se quedó un tiempo en Chihuahua y, finalmente, fue devuelto a Morelia.
Encontró entonces en el deporte una salida y una disciplina. En la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo lo invitaron a integrarse a distintos equipos; ahí practicó béisbol, voleibol y fútbol, pero su verdadera pasión fue la gimnasia y el boxeo. Peleó en Morelia y en la Ciudad de México, donde conoció a grandes boxeadores de la época. Nunca fue campeón, pero siempre peleó con dignidad.
En 1954, su tío Juan Silva Corona lo llevó a trabajar a Tacámbaro, en los autobuses “Codallos”. Comenzó a manejar el camión número 10, haciendo viajes entre Tacámbaro, Toluca y la Ciudad de México. Fue en uno de esos viajes, haciendo escala en la terminal de Toluca, donde vio por primera vez a una joven secretaria.
—Bien arreglada, guapa, elegante, seria, de paso firme… y con una mirada que me hizo saber que era la mujer con la que quería casarme —me dijo una vez.
Ella también lo notó: un muchacho atlético, de sonrisa franca y maneras atentas. Hubo advertencias, como se estilaba en esos tiempos, pero el cortejo fue respetuoso, sin prisas ni promesas vacías. Después de casi dos años, Ramiro pidió formalmente la mano de Mercedes.
Se casaron el 8 de enero de 1956, a la una de la tarde, en la parroquia de San Juan de Dios —hoy templo de Guadalupe—, en Toluca. Fue una boda sencilla, pero llena de emoción. Ese día no solo unieron sus vidas: tomaron la decisión de empezar algo nuevo.
Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo mejor sus silencios, sus esfuerzos y sus decisiones. Ramiro y Mercedes no solo formaron un matrimonio, sino que sembraron la raíz de una familia numerosa, trabajadora y unida. De su unión nació una casa, una mesa compartida y una cocina donde, con el tiempo, se cocinaría también nuestra historia.
La llegada a Tacámbaro
Narrada con la voz de mamá Meche
Y fue en esa unión —hecha de trabajo, paciencia y esperanza— donde comenzó también mi camino lejos de mi tierra natal. Años después, ya con la voz más lenta y el cuerpo cansado, le conté esta historia a mi hijo en la cocina, mientras los alimentos se cocinaban despacio, como se cocina la memoria. Él escribía para celebrar nuestros cincuenta años de matrimonio y yo recordaba el día en que llegué por primera vez a Tacámbaro: un pueblo desconocido, de clima distinto y de rostros nuevos.
Suspiraba antes de cada frase. En mis ojos todavía se mezclaban el temor de lo desconocido y la valentía de empezar de nuevo, sin saber que aquel lugar terminaría siendo mi casa, mi raíz y el origen de nuestra historia.
—Todavía recuerdo aquel día como si lo estuviera viviendo otra vez. Veníamos en el camión número 10, manejado por tu padre. Íbamos sentados juntos al frente: él, orgulloso de presentarme el pueblo que sería mi nuevo hogar; y yo, entre nerviosa y emocionada, con el corazón latiendo rápido, mirando por la ventana con los ojos bien abiertos. Era la primera vez que venía a Tacámbaro, sin imaginar que ese lugar terminaría siendo mi verdadero hogar.
La carretera serpenteaba entre montes verdes y laderas cubiertas de árboles. A lo lejos se veían sembradíos, nubes bajitas que tocaban los cerros y un cielo claro. Dentro del camión, el sonido del motor se mezclaba con los murmullos de los pasajeros y con el canto de los pájaros que entraba por la ventanilla entreabierta. Yo pensaba que Tacámbaro sería apenas un ranchito y que tendría que cargar cubetas de agua, pero poco a poco fui descubriendo que era un pueblo lleno de cultura y tradiciones.
Cuando comenzamos a bajar hacia el pueblo, el aire cambió. Olía a tierra mojada, a pan caliente y a leña encendida. Algo dentro de mí me dijo que ahí, justo ahí, mi vida empezaría de nuevo. Entramos por calles empedradas que subían y bajaban como olas de piedra. Las llantas del camión crujían al pasar y yo no podía dejar de mirar.
Las casas eran de adobe, con techos de teja roja y fachadas pintadas de colores intensos: azul añil, verde hoja y rosa mexicano. Tenían puertas grandes de madera, con aldabas que relucían bajo el sol de la mañana. Vi a la gente barriendo las banquetas con escobas de palma, como si prepararan la entrada para una visita importante.
Un panadero pasó con su canasto cubierto con una manta blanca y el olor a bolillo recién horneado entró por la ventanilla como una bienvenida. Los hombres vestían sombrero, camisa remangada y huaraches bien puestos; algunos llevaban el gabán doblado al hombro. Vi a una mujer subir una calle inclinada, con su canasta del mandado entre los brazos y el rebozo cubriéndole el cabello, caminando con paso firme, como si llevara sobre los pies los años del pueblo.
Los niños jugaban descalzos, rodando llantas o lanzando canicas sobre la banqueta. El pueblo tenía música, tenía ritmo y tenía vida. A lo lejos, el silbido de otro camión sonó como saludo a mi esposo. Los anuncios pintados a mano en las bardas, los pregones de los vendedores y el eco del martillo del herrero formaban un concierto que yo escuchaba por primera vez.
Pasamos por la plaza principal, donde las fuentes lanzaban hilos de agua clara y el jardín parecía recién regado. La catedral se alzaba imponente, con sus campanas en silencio, como esperando la próxima misa. Y ahí estaba también el templo del Hospitalito, pequeño, terroso, con su atrio sencillo y su aire de historia profunda.
Tu papá me llevó directo a la casa del tío Juan Silva, su único pariente cercano en el pueblo. Ahí nos recibieron con una calidez que no se olvida. Recuerdo a la tía Chonita: bajita, con su suéter, el cabello recogido con pasadores y una sonrisa tímida pero sincera. Me dio un abrazo fuerte, de esos que no necesitan muchas palabras, y me invitó a pasar a su cocina, que olía a frijoles recién hervidos y a chile tatemado.
Después, Ramiro me llevó a un cuarto que rentamos de doña Petra Manuel, en una vecindad sencilla. Había comprado un ropero, una estufita, una mesita de madera y dos sillas. Era poco, pero suficiente para empezar. Esa fue la primera vez que sentí que Tacámbaro también me estaba abriendo los brazos.
No traía muchas cosas: solo una maleta con ropa y muchas ganas de formar un hogar. Poco a poco, esa casa se fue llenando de hijos, de comida y de historias. Adaptarme a Tacámbaro fue como aprender un idioma nuevo, pero sin libros ni maestros: bastaba con escuchar, mirar y dejarme llevar por el ritmo de la gente.
Venía de Toluca, donde las costumbres eran distintas y el clima era más frío. Aquí todo tenía su propia forma, su sazón y su tiempo. Al principio me sentía un poco perdida en la cocina. No conocía bien algunos ingredientes del mercado: los chiles de la región, los frijoles, el queso fresco que traían de los ranchos cercanos. Pero el bullicio del tianguis, el trato cálido de las marchantas y la generosidad de las vecinas me hicieron sentir acompañada.
La tía Chonita fue mi primer apoyo. Me presentó a mi primera amiga, la maestra Brígida; También Chonita me enseñó a preparar algunas comidas del lugar, me llevó al mercado y me presentó a la señora de las verduras, a la que vendía el requesón bueno y al carnicero que siempre elegía el mejor corte. Me explicó cómo hervir los tomates sin que perdieran el color y cómo hacer una sopa “como les gusta aquí, con mantequita”.
Yo quería que tu padre, al llegar cansado del camión, encontrara en la mesa un plato que lo hiciera sentirse querido. Preguntaba con cuidado qué le gustaba y todas coincidían: “Le gusta bien servido y con sabor casero”. Así fui aprendiendo sus sopas favoritas, sus caldos con garbanzo y sus guisos sencillos pero sustanciosos. Poco a poco encontré mi propia sazón, mezclando lo que traía de Toluca con lo que aprendía aquí.
Las vecinas compartían sus secretos: una pizca de orégano antes de apagar el fuego, una cucharada de manteca en los frijoles, un chorrito de vinagre para avivar el guiso. Ellas fueron parte de mi aprendizaje y también de mi integración; de este modo, de ser “la señora nueva”, pasé a ser parte del barrio.
Y así, con cada platillo, con cada saludo y con cada gesto pequeño, Tacámbaro dejó de ser el lugar al que llegué para convertirse en mi pueblo. Aquí aprendí a ser esposa, ama de casa, madre y cocinera. Y aunque nunca dejé de extrañar a Toluca, este lugar —con sus calles de subidas y bajadas, su gente noble, sus sabores intensos y su olor a comida— me regaló otra familia y otro hogar.
Mientras contaba esta historia, la cocina seguía viva: el hervor lento de la olla, el olor del guiso y el sonido suave de mis manos trabajando. Mi voz ya no era la de antes, pero cada palabra traía la fuerza de quien ha vivido y ha sembrado. Hoy, al poner estas palabras en el papel, entiendo que mi llegada a Tacámbaro fue también la de toda una familia que aprendió a echar raíces, a cocinar con lo que había y a amar el lugar que nos dio nombre y hogar.
Tacámbaro de Codallos
El corazón verde donde nació mi historia
Nací un 4 de junio de 1965, en la Heroica Ciudad de Tacámbaro de Codallos, durante una noche lluviosa. Desde entonces, esta tierra fértil se convirtió en mi raíz, en mi escuela de vida y en el espacio donde mi historia personal y la de mi familia comenzaron a entrelazarse con la del pueblo. Aquí crecí, caminé descalzo entre las piedras de sus calles empedradas, saludé a los vecinos por su nombre y aprendí a reconocer el aroma de la tierra mojada y el sabor de los frutos de temporada. Todo lo que soy se lo debo a este lugar y a mis padres, quienes con su ejemplo silencioso nos enseñaron a amar nuestra tierra, a cuidarla y a honrarla.
Tacámbaro de Codallos, conocido como el “Balcón de Tierra Caliente”, se abre como un cuadro vivo en el corazón de Michoacán. Enclavado entre montañas, bosques y huertas, este Pueblo Mágico parece susurrar su historia con cada piedra de sus calles, con cada barda de adobe y con cada tejado rojo que corona las casas del centro. Su nombre proviene del purépecha Tacamba, que significa “lugar de palmas”, y basta recorrer sus caminos para entender por qué: las palmas izote y las plantas silvestres acompañan al visitante como si quisieran contar lo que han visto pasar a lo largo de los siglos.
Ubicado al centro del estado de Michoacán, Tacámbaro de Codallos se extiende a una altitud media de 1,656 metros sobre el nivel del mar. Su clima templado y generoso permite que bosques, cafetales, huertas de aguacate y zarzamora cubran las laderas como un manto fértil. Desde sus miradores se despliegan paisajes que parecen pinturas vivas: cerros, barrancas, lagunas y caminos que invitan tanto a perderse como a encontrarse.
Pero Tacámbaro de Codallos no es solo paisaje; es historia viva. Fue tierra del imperio purépecha y, entre 1401 y 1450, perteneció al cacicazgo de Coyucan. Tras la llegada de los españoles, fue encomienda en 1528 de Cristóbal de Oñate. En 1538 llegaron los frailes agustinos Juan de San Román, Diego de Chávez y Alonso de la Veracruz, quienes iniciaron la evangelización y fundaron el convento que aún hoy se alza como testigo del paso del tiempo. En 1828 fue elevada a villa; en 1831, a municipio y, en 1859, por decreto del general Epitacio Huerta, recibió el título de ciudad con el nombre de Heroica Tacámbaro de Codallos. Finalmente, en 2012 obtuvo el nombramiento de Pueblo Mágico, distinción que reconoce su historia, su cultura y la fuerza de su gente.
Este pueblo también ha sido refugio de artistas y creadores. Aquí vivió y escribió José Rubén Romero, quien plasmó en sus obras el espíritu profundo de estas tierras. El pianista alemán Gerhart Muench pasó aquí sus últimos años, encontrando entre estos cerros una paz que otros lugares le negaron. El compositor Marcos Augusto Jiménez Sotelo, autor de Adiós Mariquita linda, también halló en Tacámbaro de Codallos su musa. Como ellos, llegaron personas de Estados Unidos, España, Cuba, Venezuela, Alemania y otros lugares: algunos huyendo de conflictos, otros buscando tranquilidad y muchos encontrando un hogar.
Entre los sitios más entrañables se encuentran La Alberca, una poza de origen volcánico de aguas esmeralda; la Laguna de la Magdalena; y el mirador del Cerro Hueco, desde donde se observa el alma verde del pueblo. Está también el Templo de la Virgen de Fátima, guardián de imágenes provenientes de distintos países y en cuyo interior se resguarda una réplica del Santo Sepulcro de Jerusalén, que eleva el silencio a un acto de fe.
Tacámbaro de Codallos es, sobre todo, un pueblo que huele a cocina: a comal caliente, a café de olla, a pan dulce, a carnitas, a tamales y a atoles espumosos. Aquí la gastronomía no es moda ni exhibición, sino que es herencia. Fue en este lugar donde mi madre, con ingredientes sencillos y mucho ingenio, cocinó los mejores manjares que he probado en mi vida: las sopas, los caldos, la carne de cerdo con repollo o el espagueti al horno en los días de fiesta. Esa cocina, con su olor a hogar y a recuerdo, es la base de este libro.
Tacámbaro de Codallos no es solo el lugar donde nací; es el sitio donde aprendí a querer lo que tengo, a valorar lo sencillo y a entender que lo profundo no siempre hace ruido. Este libro nace de ese mismo espíritu: el de guardar y compartir los sabores, los gestos y las enseñanzas que mi madre cocinó con tanto amor.
Quien lea estas páginas no solo encontrará recetas, sino una manera de vivir. Un rincón del mundo que, con su historia, su paisaje y su gente, ha hecho de mí lo que soy. Porque en Tacámbaro de Codallos no solo se nace: se aprende a amar la vida a fuego lento.
Entre lo nuevo y lo nuestro
Tacámbaro de Codallos en los años del cambio (1970–2000)
Para los años setenta, Tacámbaro de Codallos seguía siendo un pueblo que respiraba calma y tradición. Las calles empedradas y las casas de adobe con techos de teja pintadas de colores intensos, marcaban una vida cotidiana donde los vecinos se saludaban por su nombre o por algún apodo heredado, mientras barrían el frente de sus casas desde temprano. Otros pasaban en sus burros repartiendo leche, caminando por las lomas con paso tranquilo, cada quien rumbo a su oficio. La vida tenía su propio ritmo, marcado por el repique de campanas, los pregones y los juegos de los niños en la calle.
Fue en esa década cuando la modernidad empezó a asomarse, casi de puntillas. Llegaron los primeros radiocasetes, las televisiones en blanco y negro y, con los años, las de color. La familia se reunía frente a la pantalla como quien asiste a misa: con respeto, emoción y cierta solemnidad. Los domingos por la tarde dábamos la vuelta a la plaza; hombres por un lado y mujeres por otro. Todo parecía ordenado por costumbre.
Las celebraciones tradicionales seguían marcando el calendario: Semana Santa, el Grito de Independencia, el Día de Muertos, la Virgen de Guadalupe, las Posadas y la Navidad. Los castillos de luces, la música de banda, los cohetes y el olor a pólvora formaban parte del ambiente. Éramos niños y nos metíamos debajo del castillo con cartón en la cabeza, riendo entre el susto y la emoción.
En los años ochenta y noventa llegaron otros aires: las discotecas, las modas nuevas, los peinados exagerados y la ropa deportiva usada fuera de las canchas. Los juegos tradicionales comenzaron a convivir con los videojuegos; asimismo, el molcajete empezó a alternarse con la licuadora y el brasero con la estufa de gas. Nada desapareció del todo, sino que simplemente se fue acomodando.
En medio de todo ese cambio, la vida cotidiana se sostuvo en espacios muy concretos: el barrio, la tienda, el mercado y la cocina. Ahí fue donde lo nuevo y lo nuestro aprendieron a convivir.
El Barrio del Hospitalito y nuestros vecinos
Si hay un lugar al que mi memoria vuelve una y otra vez, es al Barrio del Hospitalito. Ahí transcurrió mi infancia, entre calles empedradas que se volvían ríos de polvo bajo el sol y charcos profundos durante la lluvia. Las casas de adobe, con puertas grandes de madera, se abrían durante el día como si la vida no necesitara cerraduras.
El templo del Hospitalito era el corazón del barrio: pequeño, sencillo y con un atrio donde aprendimos a convivir, a rezar, a festejar y a despedir. Sus campanas marcaban el ritmo del día y todos sabíamos interpretar su lenguaje: misa, fiesta, duelo o aviso urgente.
Los vecinos no eran solo vecinos; eran parte de la familia extendida. Jugábamos canicas, balero, trompo, fútbol improvisado y luchas inventadas. Las rodillas raspadas eran parte del aprendizaje y siempre había una casa abierta donde alguien ofrecía agua, un taco o una sopa caliente.
Ese barrio fue nuestra primera escuela social. Ahí aprendimos a compartir, a defendernos y a cuidarnos entre todos. El Hospitalito no fue solo el lugar donde crecimos; fue donde se formó nuestro carácter.
Las tienditas de la esquina y el mercado
Antes de llegar a la cocina, la comida comenzaba en la calle: en la tiendita de la esquina o en el mercado del pueblo. Cada mandado era un recorrido por Tacámbaro y una lección de vida cotidiana.
Las tienditas eran pequeños universos. Olían a frijol almacenado, a jabón Zote, a piloncillo y a café molido. Ahí se fiaba con confianza, se compartían noticias y se aprendía a pedir solo lo necesario. En el barrio estaban la tienda de don Chucho Vargas y doña Rebe, conocida como “La Puerta del Sol”; la del Chato, cerca del mercado; la de don Magaña frente a la cárcel; la del Marinero, atendida por don Victoriano; “El León de Bronce”, de don Beto Maldonado, y “La Fama”, una de las más grandes del centro. Cada una tenía su carácter, sus historias y sus clientes habituales.
También estaban los vendedores ambulantes, como el Periquillo, quien cambiaba paletas del Volcán por historietas. Ese trueque fue, para muchos, el primer acercamiento a la lectura.
Cuando el mandado era grande, el mercado nos esperaba. Entrar ahí era entrar al alma del pueblo: frutas frescas, carne recién cortada, chile seco y tortillas calientes. Los domingos, después de misa, el menudo de doña Naty marcaba el inicio del día. En las fondas se servían guisos sencillos pero memorables, mientras que en los pasillos se cruzaban personajes que hoy siguen vivos en la memoria. Todo lo que se compraba terminaba, inevitablemente, en casa.
La cocina y la comida en casa
Todo ese ir y venir por el barrio, las tiendas y el mercado tenía un solo destino: la cocina de mamá. Ahí llegaban los ingredientes y también las historias del pueblo.
La cocina era el centro del universo familiar. Mi madre, con su mandil a cuadros, organizaba la vida alrededor de la estufa. Entre ollas y cucharas se repartían tareas, consejos y regaños suaves. La mesa se ponía con orden: la servilleta doblada, el vaso de cristal, la cuchara y, según el guiso, el tenedor o el cuchillo. Las tortillas calientes, envueltas en servilleta bordada, esperaban su turno.
La comida comenzaba casi siempre con una sopa y seguía con un guiso sencillo; además, los frijoles nunca faltaban. Después venía la sobremesa, donde se hablaba de la escuela, del trabajo, del pueblo y de la vida. Sin darnos cuenta, ahí se nos formó el carácter y el sabor de casa no se perdió, sino que se adaptó sin olvidar su raíz.
Doña Meche y don Ramiro
En medio de los cambios de aquellos años, hubo dos presencias constantes que sostuvieron la vida cotidiana: doña Meche y don Ramiro. Mi padre vivió el cambio desde el movimiento. Como chofer, fue testigo de cómo el pueblo se abría al exterior. Traía noticias, objetos y sabores nuevos, pero nunca perdió el arraigo. Para él, Tacámbaro era el lugar donde estaba su casa y su mesa.
Mi madre lo vivió desde el interior del hogar. Ella decidía qué entraba y qué no a la vida diaria. Aprendió a usar nuevos utensilios y a cocinar con ingredientes distintos, sin renunciar a lo esencial. Su cocina fue una forma de resistencia tranquila.
Ella era conversadora y luminosa; él, reservado y discreto. Habitaban el mundo de maneras distintas, pero caminaron juntos toda la vida. Entre ambos existía un acuerdo silencioso: él traía el mundo; ella lo transformaba en alimento, orden y cuidado.
Hace poco, durante la celebración de cincuenta años de matrimonio de unos vecinos del pueblo, volví a pensar en ellos. Mientras servían el pollo a la crema y los frijoles charros, miré a los festejados y pensé: “Permanecer también es una forma de amor”. Al probar los frijoles —tan parecidos a los de casa— regresó a mí el ajetreo de nuestra cocina: el vapor en el aire, las cucharas golpeando la olla, mi padre atento al fuego y mi madre coordinando todo como una pequeña orquesta doméstica.
Entonces comprendí que el amor verdadero no siempre se exhibe. A veces se construye en silencio, en la confianza y en la constancia diaria. No necesita escenario; necesita permanencia.
Así se vivieron los años del cambio en Tacámbaro: entre calles empedradas, mercados llenos de vida y una cocina que nunca dejó de ser el centro del hogar. Lo nuevo llegó, pero no borró lo nuestro; aprendió a convivir con ello.
Y de esa cocina —hecha de equilibrio, trabajo y memoria— nacen los guisos que sostuvieron nuestros días.


